Emprendedores

Cuando el trabajo deja de enriquecer

Cuando el trabajo deja de enriquecer

Cuando el trabajo deja de enriquecer

La vivienda se ha revalorizado en cantidades muy elevadas, pero eso no crea riqueza, sino que redistribuye derechos. Para el capital occidental es mucho más atractivo invertir en actividades especulativas, y el resultado es una inflación de activos (especialmente inmobiliarios, pero no sólo)

La cantidad que se espera que la generación boomer legue a sus descendientes a lo largo de los próximos años es tan grande que se ha etiquetado al fenómeno como “La Gran Sucesión”. Los escenarios más conservadores hablan de una transferencia media de 250.000 euros, equivalente a diez años de trabajo con salario mediano, y especialmente en forma de patrimonio inmobiliario. Eso significa que una cantidad enorme de riqueza está a punto de cambiar de manos precisamente en un momento en que resulta extraordinariamente difícil crear nueva riqueza mediante el trabajo.

Debemos comenzar señalando que, en general, hay tres formas por las que un individuo puede incrementar su riqueza: ganarla trabajando, haciendo “rendir” a propiedades que ya se posen o recibirla de otra generación. Lo que ha ocurrido en las últimas décadas es que la primera puerta se ha ido cerrando, la segunda exige superar una barrera de entrada muy difícil y la tercera se ha convertido en un ascensor relativamente eficaz, pero injusto. Como consecuencia, la propiedad ha adquirido una importancia creciente para las familias, lo mismo que su desigual distribución entre los hogares para el conjunto de la economía.

Hemos analizado muchas veces la evolución del salario real en la economía española, cuya característica principal es que está prácticamente estancado desde hace décadas (aunque en los últimos años remonte ligeramente). También hemos hablado de lo engañoso que es hablar de un salario real promedio, cuando en la distribución salarial hay salarios muy elevados y salarios muy bajos al mismo tiempo. Pero adicionalmente podemos ampliar el foco y darnos cuenta de que también puede coexistir al mismo tiempo un trabajador con un salario alto y sin propiedades y, por otro lado, un trabajador con un salario modesto, pero con varias propiedades inmobiliarias que le proporcionan unos complementos que, dado el mercado de alquiler, pueden ser superiores incluso a su remuneración laboral. En esas circunstancias, es obvio que los ingresos laborales no nos ofrecen toda la información de lo que está sucediendo en nuestro país. Y lo cierto es que estamos asistiendo a una mutación en la forma del enriquecimiento de las familias, sobre todo entre lo que se llama convencionalmente clase media.

Piénsese que durante buena parte del capitalismo de posguerra en occidente existió un vínculo bastante estrecho entre crecimiento de la productividad, salarios reales y capacidad de acumulación de los hogares. Aunque no hay que idealizarlo, los trabajadores podían aumentar su riqueza a través de un canal que comenzaba con las mejoras de productividad en la economía, seguía con salarios reales más altos y consecuentemente con una cierta capacidad de ahorro, la compra de activos como una vivienda, y el resultado final era un incremento de patrimonio. Esta es, básicamente, la sucesión típica de una persona de la generación ‘boomer’ que, a día de hoy, ya ha terminado de pagar la hipoteca y dispone de un nivel importante de riqueza neta (activos menos deudas).

Pero el régimen de acumulación actual es mucho más problemático. Las reformas neoliberales de los años ochenta desmantelaron en todo Occidente la lógica anterior, provocando particularmente una ruptura en el canal que vincula el crecimiento de la productividad con el crecimiento salarial. Se trataba de un efecto buscado, en tanto el programa neoliberal se anclaba en la idea de que la competitividad sólo era posible con costes laborales unitarios más bajos, es decir, salarios baratos. La consecuencia ha sido que la capacidad de ahorro de los trabajadores ha disminuido mientras activos como la vivienda se han revalorizado, lo que ha dificultado el acceso a una vivienda en propiedad y desembocado en una disminución del patrimonio neto.

Dado que con los salarios no es posible acumular riqueza, entonces el rentismo se ha convertido en una opción atractiva. Especialmente del inmobiliario. Pero para convertirse en rentista primero hay que haber acumulado patrimonio, cosa que no está al alcance de todos. Dicho de otra forma: aunque el mercado de la vivienda ofrezca rentabilidades altísimas, hay que tener dinero para pagar la compra de una vivienda o, al menos, la entrada a una hipoteca. Y con los precios actuales se trata de una barrera de entrada altísima. Eso agrava el carácter desigual del rentismo, ya que la acumulación patrimonial acaba dependiendo de la propia acumulación patrimonial. En otro contexto, el economista y premio Nobel Gunner Myrdal habló de “causalidad circular acumulativa” para referirse a una dinámica como esa: bajo esas reglas, cuanto más rico eres, más rico serás.

Si tomamos la actualidad como punto de partida, la foto es horrible porque la riqueza en España está realmente mal distribuida. Según la Encuesta Financiera de las Familias, el 10% más rico de los hogares es propietario de más de la mitad de la riqueza neta (53%). Como vemos en el siguiente gráfico, además es una cifra superior a la de comienzos de siglo (43%). Pero ese incremento de casi diez puntos es principalmente el resultado del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que hundió el valor de las propiedades inmuebles de todos los hogares propietarios, pero afectó más a las clases medias —ya que las clases altas tienen una cartera más diversificada e invierten en otros activos—.

Esto abunda en la idea de que en España la riqueza y su desigual distribución están estrechamente asociadas a la evolución del mercado inmobiliario. Y, naturalmente, el cambio de manos dentro de una familia es una forma de reproducir en el tiempo esa desigualdad. Por ejemplo, según el trabajo de Pedro Salas-Rojo y Juan Gabriel Rodríguez, cerca del 70% de la desigualdad de riqueza en España está asociada a las herencias. Pero esto no sólo vale para las familias ricas, que heredan en cantidades monetarias muy elevadas, sino también para familias mucho más modestas aunque para ellos las cantidades operen más como alivio que como mecanismo de reproducción de élites.

Al fin y al cabo, ¿qué les queda a los trabajadores que, con salarios modestos y sin propiedades que rentabilizar, quieren incorporarse al circuito de la acumulación o simplemente prosperar? En efecto, heredar de sus padres y familiares. En un país donde la herencia es fundamentalmente inmobiliaria, la herencia no es tanto un reparto como una forma de determinar quién entra en el mercado de activos y quién se queda fuera de él para siempre.

Supongamos, para verlo con claridad, que mañana al despertar todas las viviendas de España valieran exactamente el doble. El patrimonio inmobiliario del país se habría duplicado en las estadísticas, los propietarios se sentirían más ricos, y, sin embargo, no habría ni una vivienda más ni una vivienda mejor: lo único que habría ocurrido es una transferencia de valor desde los compradores futuros hacia los propietarios presentes. Y los que no son propietarios estarían aún más lejos de acceder a ese circuito. Por eso se puede afirmar que la revalorización no crea riqueza, sino que redistribuye derechos. Una economía puede duplicar su riqueza contable mientras su inversión productiva neta se estanca, que es aproximadamente lo que ha pasado.

Pero esto es relativamente nuevo porque deriva del hecho de que la vivienda se ha revalorizado en cantidades muy elevadas. De hecho, que hoy trabajadores jubilados sean contablemente “ricos” es consecuencia de decisiones de compra de patrimonio hace décadas. Esas generaciones anteriores no sólo pudieron comprar porque ganaban proporcionalmente más, sino especialmente porque los activos inmobiliarios eran mucho más baratos. Comprar una vivienda en los años ochenta requería un esfuerzo económico mucho menor que en la actualidad, y debido a la revalorización del suelo esas viviendas ahora tienen mucho más valor; un “premio” que heredarán sus descendientes.

La pregunta del millón es por qué las viviendas se han encarecido tanto en estas últimas décadas. Desde luego no puede reducirse todo a una simplista lectura de oferta y demanda. Hay muchos factores que influyen, y la mayoría tienen que ver con las características propias del régimen de acumulación del capitalismo contemporáneo: un capitalismo financiarizado en el que el dinero no se dirige tanto a inversiones productivas como a inversiones especulativas. Dicho de otra forma: el capitalismo occidental tiene serias dificultades para encontrar oportunidades de inversión productiva que sean suficientemente rentables. Para el capital occidental, estrangulado crecientemente por la competencia internacional —especialmente de China— es mucho más atractivo invertir en actividades especulativas, y el resultado es una inflación de activos (especialmente inmobiliarios, pero no sólo). A ello cabe sumar otros factores, como los demográficos, regulatorios, etc.

Este contexto es importante, ya que el capitalismo occidental se encuentra ante una combinación de problemas: menor crecimiento de la productividad, menor dinamismo de la inversión que refleja menor rentabilidad, elevados niveles de endeudamiento, tensiones geopolíticas que expresan una mayor competencia internacional y restricciones energéticas y ecológicas. El resultado es un entorno de crecimiento mucho más débil que el de todos los periodos anteriores. Como se puede ver en el siguiente gráfico, con datos para países de la OCDE, el crecimiento medio anual del PIB por habitante ha descendido en forma de escalera a lo largo de tres períodos: la posguerra hasta 1974, el ciclo neoliberal hasta 2008 y la década larga posterior a la crisis financiera, que es la más mediocre de los tres.

Obsérvese que este desplazamiento desde un capitalismo anclado en la inversión productiva hacia un capitalismo financiarizado es el correlato macroeconómico del desplazamiento del enriquecimiento personal vía trabajo (donde cambiamos nuestro tiempo de trabajo por dinero) hacia el enriquecimiento vía rentismo (donde cambiamos dinero por más dinero). En realidad, se trata de un aspecto fetichizado, ya que en la narrativa convencional es equivalente invertir en finanzas o en industria, de la misma forma que tiene la misma legitimidad ganar dinero trabajando o por el alquiler que te pagan los inquilinos. Pero lo que hay detrás en todas las actividades financieras son los derechos de captura sobre el trabajo ajeno, también en esa “casa que se paga sola” para el pequeño propietario de clase media.

En definitiva, en una economía de bajo crecimiento, una proporción creciente de la población necesita que los activos se revaloricen para mantener su posición económica, precisamente porque los salarios ya no lo hacen suficientemente. Y eso ayuda a explicar por qué la exención sobre el impuesto de donaciones y sucesiones es apoyada no sólo por las elites sino también por importantes sectores de las clases medias y populares. De hecho, este impuesto no está de moda: en el conjunto de la OCDE la recaudación por este concepto ha caído con fuerza desde los años sesenta, y en ese mismo período siete países europeos lo han suprimido por completo, a los que hay que sumar fuera del continente casos como India o Rusia, mientras China nunca llegó a establecerlo. En España, donde la carga efectiva es prácticamente residual por el juego de bonificaciones autonómicas, sigue siendo objeto de un debate intermitente y desaforado en torno a lo que las derechas bautizaron como “impuesto a la muerte”.

Existe, desde luego, una élite cuyo enriquecimiento casi exponencial depende de que las transmisiones no se toquen. Es el tipo de comportamiento que criticaba un liberal como John Stuart Mill, quien estaba en contra de las “familias perpetuas” tanto por razones morales como de eficiencia —consideraba que los herederos eran más ociosos y menos dispuestos a trabajar duro—. Pero esa élite cuenta con aliados en una coalición de propietarios modestos cuyo único patrimonio es una o dos viviendas, y que perciben cualquier gravamen sobre el patrimonio como una amenaza a la poca seguridad que les queda fuera de un Estado social (sanidad, educación, pensiones…) amenazado por los recortes y la pérdida de calidad. Como ya dije en el análisis de la vivienda, esta oposición responde a incentivos materiales muy concretos, porque cuando el salario ya no es estable ni permite acumular riqueza, la vivienda familiar es literalmente la última frontera frente a la intemperie. Lo curioso es que la misma dinámica que concentra la riqueza arriba convierte a los de abajo en guardianes de la concentración. Los estudios al respecto han repetido una y otra vez que la propiedad de vivienda reduce el apoyo a la redistribución, y la revalorización lo reduce todavía más.

Es importante subrayar que esto no es una cuestión únicamente, ni principalmente, generacional. Los boomers no son culpables de la situación de las generaciones posteriores: ellos también fueron producto de unas condiciones económicas que les permitieron acumular patrimonio trabajando y comprando activos cuando eran relativamente baratos. Esas condiciones fueron el resultado no sólo de un capitalismo occidental más sólido y mejor posicionado, sino también de las luchas obreras que empujaron hacia una redistribución más justa del excedente. El asunto central es que esas condiciones ya no existen. Y no lo hacen porque el capitalismo occidental está perdiendo su lugar de honor en la economía-mundo, porque las luchas obreras han perdido capacidad de influencia y porque otras regiones del mundo se están desenvolviendo mejor en la lucha competitiva que impone el sistema. Como consecuencia, el capitalismo occidental está en una deriva decadente tal que el trabajo (y el salario) es cada vez menos importante y, sin embargo, lo es mucho más el aguijón especulativo que, paradójicamente, hace más pobre y débil a la economía.

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