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El crecimiento aguanta, pero hay poco margen de maniobra ante nuevos ‘shocks’

El crecimiento aguanta, pero hay poco margen de maniobra ante nuevos ‘shocks’
AnálisisEl crecimiento aguanta, pero hay poco margen de maniobra ante nuevos ‘shocks’Actualizado 29 OCT. 2026 - 00:04Economía mundialEconomía mundialDreamstimeSeguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

Como todos los otoños, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha publicado sus perspectivas de crecimiento para la economía mundial. Las noticias son buenas.

En sus anteriores previsiones, de abril, el Fondo dibujaba un escenario bastante apocalíptico como resultado de la guerra en Irán y el aumento del precio del petróleo, pero los peores presagios no se han cumplido. Además, en su informe destaca que la resiliencia de la economía mundial a los shocks se ha venido manteniendo en los últimos años. Se han superado relativamente bien la invasión rusa de Ucrania, los aranceles de Trump y, ahora, el conflicto en Oriente Medio con el cierre del estrecho de Ormuz. Ni una crisis económica ni la anunciada desglobalización se han materializado. Pero el Fondo alerta de que esta capacidad de aguante es menos tranquilizadora de lo que parece. Se apoya en un crecimiento cada vez más dependiente de la inversión en inteligencia artificial (IA), que ha compensado el golpe energético. Además, parte del dinamismo se apoya en elevados déficits públicos al tiempo que aumenta la inflación y se intensifican los desequilibrios macroeconómicos globales. Resiliencia y desequilibrios son, por lo tanto, dos caras de la misma moneda y el papel del dólar en el sistema monetario internacional, que es lo que articula todo el sistema, está cada vez más cuestionado.

El FMI prevé que la economía mundial crezca un 3,1% en 2026 y un 3,4% en 2027. El PIB de Estados Unidos crecería un 2,3% ambos años; China bajaría del 5% de 2025 al 4,5% y al 4%; la zona euro se aceleraría levemente a un 1,1% y un 1,2%, y España, con un 2,5% y un 1,8%, seguiría muy por encima de la media europea. India, con un crecimiento del 7% para ambos años, sigue siendo el mercado emergente más dinámico. Además, para sorpresa de muchos, el comercio mundial avanzaría un 4,6% y un 4,7% gracias a los intercambios vinculados a la IA, confirmando que el neoproteccionismo y el regreso de la geoeconomía no están fragmentando la economía mundial. Pero estos buenos datos agregados esconden una reasignación importante del crecimiento. Resisten las economías poco expuestas al shock energético y bien situadas en la cadena de valor de la IA, y sufren los importadores de energía. Además, y esto es especialmente preocupante, la inflación mundial subirá del 4,1% al 4,7% este año, lo que augura subidas de tipos de interés en un contexto de elevado endeudamiento público. En definitiva, el dinamismo se mantiene, pero en caso de una desaceleración generalizada causada por factores económicos o geopolíticos, gobiernos y bancos centrales tendrían poco margen de maniobra para reaccionar dado el alto endeudamiento público y los crecientes niveles de inflación.

Desequilibrios peligrosos

Un excelente complemento al análisis del Fondo, que ayuda a entender por qué la fortaleza macroeconómica es menos sólida de lo que parece, es el informe Geneva 29, del Center for Economic Policy Research, titulado, Estructura cambiante y desafíos del sistema financiero internacional. Se publicó a finales de septiembre y desgrana los elementos fundamentales que subyacen al crecimiento de la economía global, así como los riesgos para la estabilidad financiera centrándose en los desequilibrios macroeconómicos globales y el papel del dólar.

El informe explica que el crecimiento se asienta peligrosamente en un aumento de la deuda, que se acerca al 100% del PIB global y cuya trayectoria es particularmente alarmante para algunos países avanzados.

Así, los déficits primarios (exceso de gastos sobre ingresos, sin contar los intereses de la deuda) de las grandes economías siguen siendo mayores que antes de la pandemia, y los tipos de interés reales a largo plazo ya han empezado a subir, lo que encarecerá los costes de financiación. Para Estados Unidos, el FMI proyecta un déficit primario superior al 3% del PIB hasta final de década y una deuda del 142% en 2031. Los intereses ya suponen un billón de dólares al año y podrían duplicarse en diez años. Las emisiones de treasuries han pasado de 4,5 billones de dólares en 2007 a unos 31 billones, y los compran cada vez más fondos de inversión y hedge funds, sensibles al precio y apalancados, mientras los balances de los bancos que intermedian el mercado, limitados por la regulación posterior a 2008, no crecen al mismo ritmo. De ahí que el Informe Geneva hable de un trilema: no pueden coexistir una oferta creciente de deuda, intermediarios restringidos y mercados siempre ordenados. Cuando algo ceda, desembocará en inestabilidad financiera, que a su vez obligará a la Reserva Federal a reaccionar interviniendo en los mercados de deuda, lo que está por ver que no sea contraproducente para la confianza en el dólar.

Por otra parte, vuelve la preocupación por los desequilibrios macroeconómicos globales, que ya fueron muy elevados antes del estallido de la crisis financiera global, pero que ahora se ven alimentados por decisiones geoeconómicas, sobre todo la política industrial china para impulsar las exportaciones. La suma de superávits y déficits por cuenta corriente alcanzó el 3,8% del PIB mundial en 2025, impulsada por el superávit chino (3,7% de su PIB), y solo podría bajar modestamente a medio plazo, algo que el propio Fondo admite que quizá no ocurra. Los flujos siguen por debajo del pico de 2007, pero lo relevante son los stocks: la posición inversora neta de Estados Unidos ha pasado de cerca del -54% del PIB antes de la pandemia al -90% a finales de 2025, sobre todo por la revalorización de la bolsa. Una caída del 20% costaría a los extranjeros 4,5 billones de dólares. Además, el déficit por cuenta corriente estadounidense es el canal por el que el auge de la IA reparte demanda al resto del mundo. Eso supone que la resiliencia del crecimiento depende de que no haya una burbuja en inversiones de IA (o de que, si la hay, no estalle).

Estos desequilibrios no tienen por qué llevar a una crisis financiera, pero son un amplificador de las vulnerabilidades expuestas. Corregirlos requeriría que China consumiera más, Estados Unidos ahorrara más y la zona euro (que sigue teniendo un superávit externo, lo que indica que muchos de los bienes y servicios que produce siguen siendo competitivos), invirtiera más para aumentar la productividad y el crecimiento. Pero es poco probable que esos ajustes se produzcan porque el status quo refleja una decidida preferencia política. La Administración Trump no tiene intención alguna de reducir el déficit público y frenar la demanda interna; China está cómoda con su modelo exportador y no le interesa ni impulsar su consumo interno ni abrir su cuenta de capital; y la Unión Europea, marcada todavía por la crisis del euro, prioriza la disciplina fiscal sobre la inversión. El sistema se sostendrá mientras el dólar siga siendo la moneda de reserva incontestable y la demanda de títulos de deuda estadounidenses se mantenga. Pero nada asegura que esto vaya a seguir siendo así con Trump en la Casa Blanca.

Federico Steinberg/ Ignacio Pericet | Catedrático Príncipe de Asturias en la Universidad de Georgetown e Investigador del Real Instituto Elcano/ Economista Financiero

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