Seguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedasRepublicanos y demócratas se juegan el martes el control del Parlamento de Estados Unidos en unos comicios en los que la escalada de precios por la guerra y los aranceles han opacado el buen tono del PIB y el empleo.
Las elecciones legislativas de medio mandato que Estados Unidos celebra el próximo martes, las midterm, han suscitado debates tan diversos que abarcan desde el consumo de munición que implica la guerra contra Irán al auge del socialismo en el seno del Partido Demócrata, pasando por discusiones locales sobre la construcción de centros de datos de inteligencia artificial (IA) en ciertos estados o acusaciones cruzadas de gerrymandering, la manipulación de circunscripciones electorales. Pese a la creciente polarización de la sociedad en torno a todos estos y otros asuntos, hay algo que indigna al ciudadano medio por igual, desde las llanuras de Texas a las costas de Maine: en solo un año, llenar el depósito de una camioneta Ford ha pasado de costar 70 a 100 dólares, un 40% más. Un dato que todo el mundo entiende y que promete marcar el resultado electoral del 3 de noviembre.
De esta forma, la inflación se ha convertido en el tema estrella de unas elecciones en las que los carteles de precios que cuelgan sobre las gasolineras hacen sombra a las encuestas electorales como principal indicador de la intención de voto.
Lo que los estadounidenses deciden el martes es la renovación de los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 asientos del Senado, además de 36 gobernadores estatales y decenas de propuestas locales. Trump no aparece en las papeletas. Sin embargo, él mismo ha animado a sus votantes a “fingir” que sí lo hace, cobrando un inusitado protagonismo en la campaña, con mítines por todo el país que, coincidiendo con el desplome de su popularidad, ha incomodado a parte de los candidatos republicanos, y animado a los demócratas a plantear también los comicios como un plebiscito sobre la gestión presidencial.
Trump, que presume de haber llevado a Estados Unidos a una “edad de oro” económica y que regresó a la Casa Blanca aupado en buena medida por el descontento ciudadano con la escalada de los precios, ve ahora cómo su antiguo argumentario frente a Joe Biden se le vuelve en contra y amenaza con arrastrar al partido que lidera en unas elecciones fuertemente marcadas por la economía.
Precios récord ante la guerra en Irán
“Como señaló célebremente [el estratega de la campaña presidencial de Bill Clinton] James Carville en 1992: Es la economía, estúpido” lo que decide unas elecciones, resumen los analistas de Mitsubishi UFJ Financial Group (MUFG), argumentando que “con una inflación muy por encima del 3% y unos precios de la energía que han subido más de un 70% en lo que va de año, los datos de las encuestas sugieren con claridad que la economía sigue siendo la principal preocupación de los votantes en 2026”.
En este sentido, la identificación de Trump con el problema tiene mucho que ver con la impopular guerra que ha emprendido contra Irán. Envalentonado por la intervención militar exprés con la que descabezó al régimen venezonalo de Nicolás Maduro, el pasado 28 de febrero el presidente estadounidense decidió acompañar a Israel en una campaña bélica que buscaba acabar con los ayatolás en cuestión de días. Nueve meses después, un gobierno iraní todavía más extremista que el imperante entonces mantiene bloqueado de facto el estrecho de Ormuz, paso marítimo tradicional del 20% del petróleo y el gas mundial, lo que ha sumido al planeta en una nueva crisis energética que también ha golpeado con fuerza a EEUU. Con el barril de crudo por encima de los 100 dólares, el precio de diésel alcanzó su máximo histórico, los 6,5 dólares por galón, en septiembre, mientras el coste de gasolina escalaba hasta los 4,5 dólares.
El alza de tipos de la Reserva Federal
En este marco, la inflación general repuntó un 3,7% en septiembre, superando las previsiones de los analistas. Incluso la tasa subyacente, que descuenta los vaivenes de la energía y los alimentos no elaborados, se elevó un 2,6% interanual. Las cifras superan con fuerza el objetivo de incremento de los precios del 2% que se fija la Reserva Federal, que en su reunión del pasado septiembre decidió, por unanimidad, aprobar la primera subida de los tipos de interés en más de tres años: un alza de 25 puntos básicos hasta la horquilla del 3,75% al 4%, para tratar de embridar la inflación. El intento de enfriar la economía pasa, por supuesto, por encarecer las hipotecas en plena crisis de acceso a la vivienda. El tipo medio de los préstamos a 30 años ronda el 7,3%, según los datos recopilados por Freddie Mac.
Aunque la Fed ha decidido pausar las alzas de tipos en octubre, la mayoría de sus miembros anticipa que apoyará una nueva subida en diciembre, lo que contrasta con la expectativa de Trump de que el nombramiento de su favorito, Kevin Warsh, como presidente del banco central del país abriría la puerta a bajadas del precio del dinero.
“La impopularidad del presidente Trump -y, por extensión, del Partido Republicano- resulta más fácil de comprender a través de la asequibilidad para los hogares que mediante los grandes indicadores macroeconómicos”, apuntan en el banco suizo Julius Baer, matizando que “si bien los mercados bursátiles se encuentran en máximos históricos y el desempleo sigue siendo bajo, los precios, los costes hipotecarios y la gasolina son elementos mucho más visibles para el votante”.
El debate de la asequibilidad
El debate sobre la “asequibilidad” se ha convertido, de hecho, en un elemento central de la campaña, que los demócratas, especialmente desde la pujante familia socialista de la que son referentes la congresista Alexandra Ocasio-Cortez y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, vienen utilizando como ariete contra los republicanos.
En este terreno, Trump ha decidido burlarse del término y acusar a la oposición de inventárselo. Sin embargo, el problema comienza a calar entre los votantes. “Los ingresos medios por hora continuaron desacelerándose en septiembre, con un aumento de apenas el 3,0% interanual, una cifra inferior a la tasa de inflación anual”, destacan desde MUFG, explicando que, en consecuencia, “el crecimiento de los salarios reales ha sido negativo desde abril, lo que erosiona directamente la capacidad adquisitiva de los hogares y refuerza el hecho de que los votantes consideren la inflación como una cuestión central de cara a las elecciones de mitad de mandato”.
Repercusiones del muro arancelario
Desde el banco japonés agregan, además, que también “la política comercial de Trump ha contribuido a generar presiones sobre la asequibilidad”. “Se estima que los aranceles suponen un coste anual de 1.100 dólares para los hogares”, estiman. De esta forma, el tercer muro arancelario internacional desplegado por el presidente de EEUU -después de que la justicia tumbara el primero y la falta de aval parlamentario dejase caer el segundo- está imponiendo sobrecostes a las empresas y familias dependientes de productos procedentes del exterior. Los sectores manufacturero y agrícola se encuentran entre los más perjudicados, pero el rechazo va más allá: cerca del 60% de los estadounidenses está en contra de la política tarifaria de Trump, según una encuesta del Cato Institute y Morning Consult.
Trump, además, ha abierto guerras frontales con socios tradicionales imponiendo aranceles del 50% a los productos de Canadá, que ha plantado cara a la Casa Blanca, contraatacado con tasas al mismo nivel y ha comenzado a tender puentes con la Unión Europea para recomponer su modelo comercial.
Del pacto con Putin al pago por voto
Pese a la desaprobación generalizada, Trump ha negado que su gestión económica esté perjudicando a la ciudadanía y, fiel a sí mismo, se ha presentado como el mejor presidente de la historia. Pero incluso él es consciente de la tozudez con la que el estado de una cuenta bancaria a fin de mes moviliza al votante, por lo que se ha pasado la campaña encadenando medidas para tratar de abaratar el carburante.
Primero amenazó con prohibir las exportaciones de diésel para forzar a los países del G-7 a liberar 100 millones de barriles de sus reservas. Luego liberalizó el uso del llamado diésel rojo, libre de impuestos y tradicionalmente restringido a uso agrícola. Finalmente, selló un pacto con el presidente de Rusia, Vladímir Putin, para la venta de carburante ruso, desatando críticas de demócratas, republicanos y la comunidad internacional.
Pero la gran jugada de Trump de cara a las midterm, una que ha conseguido tentar hasta a vecinos del muy demócrata estado de Nueva York, es la oferta de pagar 5.000 dólares a cada adulto de Estados Unidos si los republicanos conservan el control de las dos cámaras tras los comicios.
El elefante en la sala: el agujero fiscal
El anuncio, realizado por el presidente durante la inédita Convención Nacional Republicana que organizó en septiembre (un festival en su propio honor apodado el “Trump-a-Palooza”), podría costar unos 1,3 billones de dólares a las arcas públicas de Estados Unidos, en un momento en el que ya soportan un déficit galopante y en el que el coste de emitir deuda se ha disparado hasta cotas no vistas desde la crisis financiera de 2008. El planteamiento tiene cierto truco, pues todas las encuestas dan a los demócratas el control del Congreso, por lo que el reclamo de Trump solo aspira a retener el Senado para blindar su poder sin necesidad de pasar por caja.
La promesa electoral, sin embargo, pone el foco en el verdadero elefante en la habitación. El agujero presupuestario de EEUU ha escalado hasta rozar los dos billones de dólares, superando el umbral del 6% del PIB de forma inusitada en ausencia de una gran guerra, crisis económica o pandemia global. Y el margen se agota. “Es probable que el Tesoro alcance el límite de deuda de 41,1 billones de dólares durante 2027”, advierten desde Julius Baer.
Lejos parece cualquier posibilidad de acuerdo bipartito para reapuntalar las cuentas públicas, con los republicanos reivindicando la bajada masiva de impuestos promovida por Trump y los socialistas demócratas abogando por elevar la fiscalidad a las grandes fortunas.
Mientras tanto, la presión sobre las rentabilidades del Tesoro es máxima. “El alza de los déficit fiscales, la preocupación por la trayectoria y la sostenibilidad de la deuda pública, las persistentes presiones inflacionistas, la tensión en los mercados energéticos, la importante emisión de deuda relacionada con la inteligencia artificial que compite por el capital, y las dudas sobre la independencia y la credibilidad de la Fed” contribuyen, explica Raphaël Thuin, responsable de estrategia del mercado de capitales en la firma Tikehau Capital.
Crecimiento, IA y centros de datos
Por el lado positivo, los republicanos cuentan en su haber con buenos datos de empleo y un crecimiento económico que ha sorprendido al alza, con un avance del 3,4% en el tercer trimestre alimentado por las macroinversiones en inteligencia artificial.
En este terreno, sin embargo, la apuesta de Trump por la autorregulación frente a los “riesgos catastróficos para la humanidad” de los que alerta el propio sector de la IA, y el impacto en la factura energética de los centros de datos que soportan esta tecnología, han comenzad alimentar también el descontento en ciertos sectores de la sociedad civil. “Los centros de datos están en la papeleta de voto”, advierten desde Oxford Economics.
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