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Con la llegada de Halloween, la gestora de activos M&G ha elaborado su tradicional selección de gráficos espeluznantes que deberían asustar a los inversores.
El consumo, el precio del diésel, el mercado inmobiliario, los diferenciales de crédito, el boom de los gastos de capital y el reciente reajuste de las rentabilidades de los bonos en Francia son temas que, para Joe Sullivan-Bissett, director de inversiones de Renta Fija de M&G, son “temas que merecen un seguimiento muy atento”.

Ha surgido una brecha entre los ingresos y los gastos, de forma que el consumo se sustenta en los ahorros. El gasto real ha aumentado un 2,6% interanual, mientras que la renta disponible (excluyendo las transferencias), solo creció el 0,8%.
Desde mediados de 2024, el gasto supera a los ingresos mes a mes y esa diferencia se cubre mediante los ahorros. Como los ahorros son finitos, cuanto más tiempo se prolongue esta situación, menor será el margen de protección disponible cuando aparezca algún problema. Sullivan-Bissett señala que en el pasado, cuando la renta disponible (excepto transferencias) registra tasas negativas, suele coincidir con periodos de recesión o sus proximidades. Aunque reconoce que no es una prueba de nada, en su opinión no resulta una señal tranquilizadora.

El precio de un barril de diésel está compuesto por dos componentes: el petróleo crudo necesario para su elaboración y el importe que cobran las refinerías por transformar el crudo en diésel.
Estos dos elementos conforman el precio en el surtidor antes de aplicar impuestos y costes de distribución. La preocupación por el suministro de petróleo ha sido una constante para los inversores este año. Sin embargo, el miembro del equipo de Bond Vigilantes de la gestora, apunta que el cuello de botella en la capacidad de refino podría representar un problema más profundo a la hora de buscar soluciones a la actual tensión del mercado.
La prima de refino se ha multiplicado casi por cuatro este año, situándose muy por encima de los niveles previos a la invasión de Ucrania.
Según Sullivan-Bissett, en Estados Unidos, este sobrecoste ha repercutido en el consumidor, con precios en surtidor que superan los 6 dólares por galón.
Como el diésel es el combustible que mueve el transporte de mercancías, las explotaciones agrícolas y la maquinaria, este factor, según el analista, podría tener un impacto mayor en la inflación del que sugeriría el precio del petróleo por sí solo.
Incluso si la resolución de los conflictos globales lograra reducir el precio del petróleo, el experto se pregunta si un coste de refino persistentemente alto podría convertirse en un problema más arraigado para la inflación y para la economía en general.

En opinión del experto de M&G, el mercado inmobiliario estadounidense se ha convertido, en cierto modo, en una ciudad fantasma. Las ventas de viviendas existentes, expresadas como porcentaje del total de viviendas ocupadas por sus propietarios, se sitúan en el 4,75%; una cifra inferior al mínimo del 5,1% registrado tras la crisis de 2010 y aproximadamente la mitad del 9,6% alcanzado en 2005.
La razón es la escasa disposición a mudarse, ya que la mayoría de los propietarios tienen contratadas hipotecas a largo plazo con tipos de interés muy bajos, propios de la época de la pandemia. Cambiar de vivienda supondría suscribir una nueva hipoteca con un tipo de interés mucho más elevado, lo que, en última instancia, limita la rotación en todo el mercado.
El sector inmobiliario parece estar estancado, lo que repercute en una menor inversión en todo tipo de bienes y servicios, desde honorarios de abogados hasta la compra de sofás, apunta el experto. Un panorama preocupante para quienes están vinculados al sector o para quienes confían en un crecimiento económico generalizado.

Para Sullivan-Bissett no es ningún secreto que los diferenciales de crédito están bastante ajustados. En su opinión, resulta interesante analizar el exceso de rentabilidad obtenido en el segmento de crédito (frente a la deuda pública) en periodos anteriores en los que el diferencial de crédito contribuyó muy poco al rendimiento global de los bonos corporativos.
En el caso del índice estadounidense de grado de inversión, el diferencial de crédito representa actualmente alrededor del 14% de la rentabilidad, la proporción más baja desde 1998. Históricamente, situaciones de partida como esta han ido seguidas de un exceso de rentabilidad débil o negativo. Para el experto, no tiene por qué ocurrir lo mismo en esta ocasión, pero reconoce que ya no queda mucho margen para ‘rascar’ una rentabilidad adicional.

Los hiperescaladores, como se conocen a las empresas que construyen y operan los centros de datos, destinan actualmente el 82% de su flujo de caja operativo a inversiones de capital (capex). Esta cifra supone un aumento considerable frente al 27% de hace una década y al 40% registrado a principios de 2024. Se espera que este gasto siga creciendo el próximo año a medida que continúa el auge de la inversión en capital.
Aunque estas compañías cuentan con algunos de los balances más sólidos del mundo, el hecho de que el capex absorba una parte tan importante de su flujo de caja sugiere que una mayor proporción de estas inversiones se financiará a través del mercado de bonos; de hecho, este año ya se han cerrado operaciones de gran envergadura. La situación se está intensificando y todo apunta a que el mercado de bonos desempeñará un papel cada vez más relevante para mantener este dinamismo.

Durante la mayor parte de los últimos 25 años, Francia ha formado parte del núcleo de la zona euro, situándose en un punto intermedio entre Alemania y la periferia.
Tras los recientes acontecimientos políticos y la preocupación por el endeudamiento público, el rendimiento de los bonos franceses a 10 años se sitúa ahora 24 puntos básicos por encima del de Italia y 72 puntos básicos por encima del de España. Hace tres años, el rendimiento de los bonos italianos superaba al de los franceses en 138 puntos básicos y, en el momento álgido de la crisis de deuda soberana, el diferencial de España era de casi 470 puntos básicos.
Esto se debe, en parte, a que Italia y España han logrado sanear sus finanzas, mientras que, en el caso de Francia, la situación política dificulta alcanzar un resultado similar. De hecho, hasta marzo, el rendimiento de los bonos italianos volvía a estar por encima del de los franceses, pero el movimiento registrado en septiembre ha sido especialmente significativo.
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