El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, ayer en Toledo.EFESeguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedasUn accidente ferroviario es una desdicha, dos es otra cosa. Sánchez no cumple con las condiciones adecuadas para gobernar a los españoles, no los cuida. La tragedia en Urda, en Toledo, es un bulto que el sanchismo no puede escurrir. Lo pagará.
Tal día como hoy dentro de cuatro semanas los partidos políticos cerrarán con destemplado jolgorio sus campañas electorales en actos multitudinarios. Serán fiestas indecentes porque desde antes de ayer España está de luto y el duelo seguirá vigente a finales de noviembre, cuando los españoles están convocados a una anticipada y trascendente cita con las urnas. Serán elecciones dominadas por la pena pero no solo por el dolor. Al recuerdo de los muertos en Urda, Toledo, se unen la indignación y la vergüenza que provocan el haber sufrido dos desastres ferroviarios en menos de un año.
Se ha producido un choque de trenes cuyas consecuencias emocionales, y por lo tanto políticas, superan en su impacto el dantesco espectáculo que creó la colisión entre un convoy de alta velocidad parado y otro que venía inmediatamente detrás a cien por hora y no consiguió frenar a tiempo.
El trágico encontronazo destruye la confianza que han de infundir en la población quienes tienen la primordial obligación de vigilar por su seguridad. Por eso la indignación. Y hunde en la miseria aquel orgullo que era el de ilusionadamente vivir la edad de oro del tren porque España encabezaba la modernidad gracias a un flamante servicio de alta velocidad. Por eso la vergüenza.
El ministro de Transportes, el mismo que habló de esta época dorada, dijo que la repetición de un gigantesco amasijo de hierros sobra la vía férrea era algo “inverosímil”. El adjetivo que utilizó Oscar Puente, tan aficionado como es él al tuiteo en las redes sociales, era inadecuado. Hay que ajustarse a la realidad y no resulta difícil creer lo que ha sucedido porque, por desgracia, se ve. Lo que le tocaba decir al ministro es que presentaba su dimisión irrevocable.
El presidente del Gobierno dijo que el pavoroso accidente era “inasumible”. La sentencia es igualmente impropia. No lo era y no vale mirar a otro lado. Lo que ha pasado ha de ser admitido y aceptado. Y se asume cesando de inmediato al ministro responsable del transporte ferroviario. No despedir a ese rabioso vocero suyo que es Puente le convierte a Pedro Sánchez en potencial cómplice de la tragedia. Las campañas electorales se caracterizan con frecuencia como un choque de trenes. Y las elecciones generales del 29 de noviembre vienen al caso. Son el terrorífico topetazo entre un objeto aparentemente inamovible, que es el sanchismo, y una fuerza supuestamente irresistible, que es el de una derecha liberal y conservadora dispuesta a desplazar al pensamiento desordenado del poder.
La imagen de la catastrófica colisión es especialmente pertinente en estas elecciones porque uno de los bandos en liza reniega de la alternancia en el poder, que es la prueba del algodón de la democracia parlamentaria y de sus procesos electorales. Por eso el voto del 29 de noviembre es transcendental.
El derecho de elegir
En su tránsito por la vida, el ciudadano tiene el derecho inalienable de poder votar a sus gobernantes, lo mismo que en cada momento tiene el de elegir el tren en el cual desea viajar. Sin embargo, el vilipendio de la posibilidad de una alternancia ha sido la tónica predominante del sanchismo desde que se disolvieron las Cortes y se anunciaron comicios anticipados.
Tal y como expone reiteradamente Puente en sus innumerables tuits, Sánchez se alza como intérprete único y defensor de la voluntad general y, de manera conceptualmente absurda y éticamente aberrante, el presidente del Gobierno presume de que impedirá “el avance del pasado”. Los totalitarios, ya se sabe, embisten con el fin de avasallar.
A nadie se le escapa que la tragedia en Urda sucedió en el mismo carril de la vía Madrid-Sevilla que la de Adamuz, Córdoba, en enero. Dos letales desastres en el espacio de diez meses no pueden representar menos que una sostenida culpa in vigilando por parte de quienes tienen la responsabilidad civil de asegurar la seguridad de los ciudadanos.
Y es así como al duelo y al dolor se unen la indignación y la vergüenza. Lo que está en la conversación es “esto no puede ser” y “esto no tiene perdón”. La ira y la soflama se vuelcan contra el Gobierno. Es un bulto que el sanchismo no puede escurrir. Lo pagará.
Con todo el respeto y sentimiento de acompañamiento que merecen los familiares de los fallecidos y los terriblemente heridos el pasado 18 de enero y los de las víctimas en la tragedia del miércoles, el doblete trae a la memoria un intercambio que se produce en la obra de teatro de Oscar Wilde 'La importancia de llamarse Ernesto'. Se trata del interrogatorio al cual somete la desagradable Lady Bracknell al joven Mr. Worthing para saber si cumple con las condiciones adecuadas para casarse con su hija . La anfitriona, de lo más snob de Londres, le pregunta a Worthing por sus padres y el apuesto pretendiente le contesta que ambos han muerto. Es entonces cuando la inaguantable Lady Bracknell le dice en un elevado tono de voz: “Perder a uno solo de los padres, señor Worthing, puede ser considerado como una desgraciada mala suerte, pero perder a ambos denota una absoluta falta de cuidado”.
Un accidente ferroviario es una desdicha. Dos es otra cosa. Sánchez no cumple con las condiciones adecuadas para gobernar a los españoles. No los cuida.
La importancia de llamarse Ernesto contiene la agudeza de los chascarrillos que uno espera de Wilde, pero es una obra fundamentalmente seria que pone a caer de un burro la amoral superficialidad de quienes en su época imponían sus valores a la sociedad. Eso mismo pretende hacer el sanchismo dominante a la sociedad actual.
Para los Lady Bracknell, los Sánchez y los Puente la pérdida personal se debe a una negligencia particular, a una “absoluta falta de cuidado” por parte de un individuo. Y no merece más comentarios.
Amoral superficialidad
Recurriendo a su amoral superficialidad, los del culpa in vigilando, que deberían estar fiscalizando y supervisando el bien de todos, no tardaron nada en atribuir el choque de trenes en Urda a un error humano. Y esto, que no vale, irrita profundamente. Puede que la culpa del horror fuese el desliz de una persona, puede que no lo sea y puede que ese desliz fuese la consecuencia de un anterior fallo en el sistema de la señalización que operan ordenadores. La investigación oficial lo aclarará en su momento, pero ese momento se dilatará en el tiempo.
La indagación de las causas del descarrilamiento en Adamuz, presuntamente debido al deficiente mantenimiento de la infraestructura, sigue a la espera de que concluyan los informes judiciales y técnicos definitivos. Y la dilatación inevitablemente frustra y decepciona porque, a fin de cuentas, se burla de la opinión pública.
“De todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”, escribió Jaime Gil de Biedma. En otro poema, Gil de Biedma decía que vivía “entre las ruinas de mi inteligencia” en un “viejo país ineficiente”. Sus versos tiene mucha vigencia en estos días de luto y de duelo. Las cosas terminan mal en España porque a sus grandes gestas, por ejemplo la de completar en 1992 la alta velocidad de Madrid-Sevilla a tiempo para celebrar el quinto centenario del primer viaje de Colón al Nuevo Mundo, les siguen la ineficiencia, por ejemplo, el no mantenimiento de las vías férreas y la no puesta a punto de la señalización ferroviaria.
Al sanchismo le condenan tantos ejemplos de inmoralidad en la esfera pública. Y también tantos otros de su incompetencia y su inoperancia. Si el poder adquirir o, al menos, alquilar un hogar es el principal problema que afrontan los españoles es porque el Gobierno de Sánchez ha abierto las puertas de par en par a la inmigración y no ha construido viviendas para una población que por consiguiente aumenta a galope.
La tragedia del miércoles ha sido la puntilla que pondrá fin al sanchismo.
Un desastre que sólo tiene una salidaUn ministro que no garantiza la seguridad ferroviaria debe dimitir¿Qué hacemos con la vivienda? Comentar ÚLTIMA HORA

