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La reedición de Yalta

La reedición de Yalta
Ensayos liberalesLa reedición de YaltaActualizado 23 OCT. 2026 - 00:41Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Iósif Stalin se reunieron en febrero de 1945 en Yalta (Crimea).Winston Churchill, Franklin D. Roosevelt y Iósif Stalin se reunieron en febrero de 1945 en Yalta (Crimea).Seguir a Expansión en GoogleHaz que nuestras noticias aparezcan en tus búsquedas

Es inevitable que la prevista velada en Shenzhen de Xi, Trump y Putin se compare con la de Yalta hace más de 80 años. Y que les inquiete a las democracias liberales lo que Trump, imprevisible, pueda acordar con dos longevos mandatarios que pisotean impunemente derechos humanos.

Para ver bien las cosas, y entenderlas mejor, suele ser útil mirarlas desde lejos. Hay que, paradójicamente, tomar distancia de un lienzo para acercarse a lo que la obra quiere transmitir. Más allá de que los tiempos se han vuelto rarísimos puede que no sepamos lo que está pasando con el día a día de la polarizada campaña preelectoral y con las algaradas en el vecino de la Marsellesa y del aux armes citoyens. 

Puede que no comprendamos por qué Donald Trump nos desprecia tanto a los europeos y por qué quiere que Volodímir Zelenski deje de incordiar a su amigo Vladímir Putin. Puede que todo esto que está pasando se comprenda mejor si se contempla desde China. El 18 y 19 de noviembre, diez días antes de la elecciones generales más transcendentales que se han celebrado en España desde las constituyentes del 15 de junio de 1977, Xi Jinping recibirá en Shenzhen, a Donald Trump y a Vladímir Putin. 

La importancia geoestratégica de este encuentro no se le debería escapar a nadie. Muchísimo más importante que quién va a gobernar en nuestro particular patio de vecinos es quiénes van a mandar en la vecindad entera. Otros se van a repartir nuestro renqueante bloque europeo.

La reunión del triunvirato de los poderosos contemporáneos en Shenzhen, la modernísima megalópolis junto a Hong Kong, equivale a la reedición de la transcendente terna -Roosevelt, Churchill y Stalin- que en febrero de 1945 se reunió en Yalta, Crimea, para planificar la derrota de la Alemania nazi y la reorganización de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. 

Las elecciones del 29 de noviembre pueden alterar la trayectoria política de España a lo largo de la próxima generación. Las encuestas pronostican la rotunda derrota de un personalista progresismo percibido como divisivo, clientelar, disfuncional, hipócrita y corrupto. Prevén la amplia victoria de una derecha desacomplejada y ansiosa de gobernar con patriotismo, sentido común y presupuestos debidamente presentados, debatidos y aprobados. 

Sea este el resultado de las elecciones dentro de cinco semanas o sobreviva el sanchismo de forma sorpresiva y no anticipada, el gobierno salido de las urnas, al igual que el de los demás países europeos, tendrá que ajustarse a las normas del nuevo orden mundial que serán acordadas en Shenzhen. Las anteriores pautas, tan benefactoras gracias a la protección de Estados Unidos a lo largo de la Guerra Fría, están caducadas. 

Los presidentes de Estados Unidos y de la Federación Rusa viajarán a China para asistir junto con otros jefes de Estado y de Gobierno a la cita anual de la Asociación de Cooperación Económica Asia-Pacífico, APEC. La reunión de ambos con el presidente chino que se celebrará al margen de la cumbre fue, según los medios norteamericanos, propuesta por Putin y apoyada de inmediato por Trump. Xi aceptó gustosamente el papel de anfitrión.

Es inevitable, y desde luego razonable, que la prevista velada del trío en Shenzhen se compare con la de Yalta hace más de ochenta años. Y que les inquiete a las democracias liberales lo que Trump, siempre imprevisible, pueda acordar con dos longevos mandatarios que al frente de potentes estados totalitarios han bebido de las mismas fuentes comunistas y pisotean impunemente los derechos humanos.

En Yalta, Stalin accedió, ante la insistencia de Roosevelt y de Churchill, a la celebración de elecciones democráticas en todos los países liberados del nazismo. E incumplió el acuerdo ahí donde la liberación había corrido a cargo de su Ejército Rojo. Stalin levantó el telón de acero e impuso en toda Europa del Este los mismos regímenes satélites de Moscú que Putin, de momento, quiere imponer en Ucrania. 

La luna

Puesto que Trump, Putin y Xi se verán las caras en el boyante centro de la industria tecnológica que multiplica el enriquecimiento del gigante asiático es apropiado citar el proverbio atribuido a Confucio: “Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”. Se ha dicho siempre de los habitantes de estos pagos que se empeñan neciamente en contemplar sus respectivos ombligos. A los europeos se les puede acusar de exactamente lo mismo. Y particularmente a nuestros vecinos franceses que sueñan con la grandeur. Están tan cerca del lienzo que su composición se les escapa.

Por el contrario el trío del superpoder en Shenzhen tiene la mirada fijada en el astro que orbita sobre nuestras cabezas y que mueve con su atracción gravitatoria las mareas de nuestros mares. Dirá que el flujo de las aguas y sus corrientes le favorece.

Metternich, el estadista del imperio austriaco que tras la derrota y el exilio definitivo de Napoleón lideró la reconstrucción política del viejo continente en el Congreso de Viena, decía que cuando Francia estornudaba Europa se constipaba. La exhalación, que es atronadora y se lleva mucho mobiliario por delante, se ha producido estos días pasados y el diagnóstico de la enfermedad no tiene vuelta de hoja. Puede que Francia estornude de nuevo este fin de semana.

La deuda está disparada en Francia, la mayor economía de la eurozona después de la alemana, y aumenta a diario el coste de financiarla. La productividad gala lleva tiempo en estado comatoso y el déficit fiscal supondrá el 5,4% del PIB al cierre de este año. Los franceses, que se jubilan a los 62 años, viven muy por encima de sus posibilidades.

Francia es el ejemplo de libro de un estado de bienestar insostenible. Pero los franceses rechazan con virulencia cualquier recorte de un gasto social que es muy superior al de la media europea. Todo colectivo europeo hace lo mismo en esas circunstancias, si bien, quizás, con menos saña.

A la vez, Francia que es el epicentro de la industria del lujo alberga en las periferias de sus grandes ciudades polvorines donde habitan lo que ya a mediados del siglo pasado Frantz Fanon, el revolucionario ensayista originario de Martinica, llamaba los “condenados de la tierra”. 

Los hijos y nietos de quienes inmigraron a Francia en el pasado y los recién llegados a la república de la liberté y la égalité emergen de los banlieues de París para saquear los comercios de sus Campos Elíseos y su “Triángulo de Oro”. Como han demostrado los recientes destrozos en Milán, la asonada no tiene por qué ser una excepcionalidad del país vecino. La brecha social aumenta en todas las democracias avanzadas europeas y ningún gobierno europeo ha sabido ni ilusionar con oportunidades a su juventud, ni acortar la desigualdad, ni administrar con eficacia la inmigración que requiere su envejecida población. 

Con el contagioso estornudo de Francia, la terna de Shenzhen dará a Europa por perdida en cuanto a potencia política y militar. Xi, el anfitrión, puede tranquilamente seguir sentado a la puerta de su tienda y esperar a que pase por delante de ella el cadáver de su decadente adversario democrático. El viejo continente que está en el punto de mira de sus colegas Putin y Trump se muere por sí solo. 

El desdén de Putin

Putin nunca ha ocultado su desdén por las democracias liberales. Tampoco su firme creencia de que el derrumbamiento de la Unión Soviética fue la mayor catástrofe geopolítica del Siglo XX. Lleva 27 años gobernando Rusia con mano de hierro, las enormes bajas que sufre su ejército en el frente ucraniano le dejan indiferente y negociar una paz equilibrada con Zelenski sencillamente no entra en sus cálculos. Lo único que requiere Putin ahora es que alguien eche el cierre a la financiación europea de Ucrania y levante unilateralmente las sanciones que decretó Bruselas como justo castigo por haber invadido al vecino. Esto lo puede hacer Marine Le Pen cuando gane las presidenciales en Francia el año que viene. También el partido ultraderechista Alternative für Deutschland si consigue hacerse con la cancillería de Berlín.

Además de sus quinta columnistas en Europa, Putin le ha tomado la medida a un Trump que tiene una admiración desmedida por los hombres fuertes que se prolongan en el poder. Trump ya ha traicionado a Zelenski al importar diésel ruso. Putin le tiene como un tonto útil que es lo mismo que pensaba Stalin de Roosevelt y de Churchill cuando les engañó en Yalta. 

Por su parte la administración de Trump propaga la noción de que el viejo continente se enfrenta a un “borrado civilizacional”, civilisational erasure, debido a su alta y descontrolada inmigración, a su baja natalidad, a un régimen regulatorio que sofoca la innovación y el emprendimiento y a la ausencia de un liderazgo convincente.

Lo que Trump tiene muy claro, y también lo tiene Putin, es que la UE, que a lo largo de los años se ha gastado peanuts, cacahuetes, en su industria militar, no está en condiciones de asegurar la victoria de Ucrania en su guerra de independencia. Y que ninguna ciudad europea podrá soportar por una sola noche lo que Kiev lleva cuatro años aguantando.

Solo Estados Unidos, gracias a la constelación de satélites que son propiedad de Elon Musk, puede asegurar que Ucrania, titiritando de frío ahora que llega el invierno, se pueda defender. Y solo Trump puede negociar, o mejor dicho forzar, una “paz” en la frontera oriental del viejo continente. Esto lo dirá Trump a sus colegas en Shenzhen. Si se toma un poco de distancia, esto es lo que se verá que está pasando.

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